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"et quasi flos rosarum in diebus vernis" (Sir. 50,8) 

 

 

 

UNA BIBLIA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

 

 

MONS. EUGENIO ROMERO POSE

 

Después de haber escuchado las interesantes y sugerentes palabras de Don Antonio Fontán, recordaba agradecido los escritos con que felicita a sus amigos las celebraciones natalicias. También, en esta tarde, acertó el hacernos ver que la presentación de esta edición española de la Sagrada Biblia trae, en cierto modo, una atmósfera de nuevo nacimiento, un clima natalicio.

Esta versión, deseada e impulsada por san Josemaría Escrivá de Balaguer y que aparecerá en cinco lenguas europeas: español, inglés, portugués, italiano y francés, junto con el texto latino de la Neovulgata, es una buena noticia eclesial y cultural, un bien para la Iglesia y para la Humanidad.

El primer acierto es ser fiel a la naturaleza de los libros traducidos con el nombre de Sagrada Biblia, en contraste con títulos como: la Biblia de Jerusalén, la Nueva Biblia Española, la Biblia del peregrino, la Biblia cultural, la Biblia para jóvenes, la Biblia laica, la Biblia didáctica, etc. Aún cuando la responsabilidad de esta nueva edición de la Biblia es de la Facultad de Teología de Navarra, han mantenido, acertadamente, el auténtico título: Sagrada Biblia. No está de más recordar el aforismo Orsiano: «Sólo hay originalidad verdadera cuando se está dentro de una tradición»1. Esta traducción se distancia de otras versiones actuales por poner ante los ojos del lector el texto de la Neovulgata, heredera de la Vulgata2 -ipso vetus et vulgata editio, quae longo tot saeculorum usu in ipsa Ecclesia probata est3-; se distancia, asimismo, por la abundancia y riqueza de notas, con lo que se hace patente el sentido católico de la traducción para una lectura católica de la Sagrada Escritura; son de alabar los sabrosísimos índices de documentos del Magisterio, de los Santos Padres y de los autores eclesiásticos, y la cuidadosa atención a la critica textual bíblica: un sensus coherente en la elección de variantes y en la aceptación de la estructura, o división, y la puntuación de los textos. No es este el momento para distraerles con un apurado análisis de esta traducción sino subrayar, sencillamente, el significado de este acontecimiento eclesial, pues la aparición de una traducción bíblica es digna de ser celebrada.

La Palabra de Dios, el Logos, Verbum, Sermo Dei, se hizo presente en la persona de Jesucristo, que fue anunciado de forma única e inequívoca por los Patriarcas, los Profetas y la Ley dada al pueblo de Israel, y que se hace visible, llega a su plenitud, en el Hijo de Santa María Virgen, el Hijo de Dios Padre. La sagrada historia de la salvación se plasmó en palabras humanas: «Dios habla en la Escritura por medio de los hombres y en lenguaje humano»4.

La versión que hoy presentamos -realizada para llegar a los hombres de nuestros días- es fiel a la letra y al espíritu del Concilio Vaticano II y a las orientaciones del Catecismo de la Iglesia Católica5. «Los fieles han de tener - lo recuerda la Nota Preliminar remitiéndonos a la constitución dogmática Dei Verbum, sobre la sagrada revelación6- fácil acceso a la Sagrada Escritura. Por eso la Iglesia desde el principio hizo suya la traducción del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta; y siempre ha honrado las demás traducciones, orientales y latinas; y entre éstas la Vulgata. Pero como la Palabra de Dios tiene que estar disponible a todas las edades, la Iglesia procura con cuidado materno que se hagan traducciones exactas y adaptadas en diversas lenguas, sobre todo partiendo de los textos originales»7... «(los Obispos) procuren la elaboración de traducciones anotadas para uso de los no cristianos y adaptadas a su condición...» 8.

Con la edición de esta traducción se siguen las indicaciones conciliares, y se presta un servicio eclesial y una ayuda al ministerio apostólico para que pueda ser conocido el Misterio por Dios revelado.

La Iglesia, desde sus orígenes, ha cuidado la transmisión y la versión de los Libros Santos con el fin de que la Palabra de Dios, y su Misterio, fuese conocido por todos los hombres. Tanto en el anuncio del kerygma como en la iniciación cristiana la entrega de la Biblia era inseparable de la misión, de la evangelización. En efecto, las traducciones de la Revelación al viejo y al nuevo Israel (Israel y la Iglesia) -según expresión e imagen de Cromacio de Aquileia, del «nido» (la sinagoga) y en la «casa», que es la Iglesia9- constituyen por sí misma una auténtica predicación; las traducciones sagradas de las lenguas bíblicas, especialmente del hebreo, del arameo y del griego y, muchas de estas lecturas ahora sólo accesibles en las más vetustas versiones latinas, es uno de los capítulos más apasionantes, discutidos y decisivos, de la historia del cristianismo por su importancia en la liturgia, en la exégesis 10, en la dogmática11 y en la cultura.

No en vano la presencia de los textos y traducciones de la Sagrada Escritura están, por una parte, en el origen de incontables controversias y ha sido, por otra, fuente de innumerables creaciones artísticas, plásticas y literarias. Su importancia estriba, pues, de un modo singular en el ámbito pastoral 12. Las traducciones han mirado a la salvaguardia de la auténtica tradición. De hecho las versiones de la Sagrada Biblia han atendido a cuidar el texto canónico frente a los textos apócrifos, que tanto proliferaron e influjo han tenido en las primeras generaciones cristianas, y en las épocas de grandes mutaciones históricas, a saber: en el paso de la antigüedad tardía al rico y prolongado medioevo - es por todos conocida la Biblia de Alcuino, de la que tenemos la fortuna de poder sentir la emoción al contemplar el ejemplar firmado por él mismo y que se guarda actualmente en el Codex 6 de la Biblioteca Vallicelliana de Roma-; las versiones y resúmenes bíblicos que abundaron desde el siglo XII y siguientes - a modo de ejemplo, ciñéndonos a la geografía hispánica, los ricos Leccionarios y Evangeliarios de las catedrales castellanas que todavía están mendigando su estudio, entre otros lugares, en el Archivo Histórico Nacional de Madrid -; la sorprendente aparición de traducciones al griego, al latín y a las lenguas vernáculas desde los inicios de la Reforma y desde la aparición de la imprenta; permítaseme rememorar a Enmanuel Chrisoloras, en Oriente, y Lutero, Erasmo, Lorenzo Valla 13 y G. Sirleto 14, este último uno de los traductores y comentaristas de la Biblia más insignes de la Católica, pero desconocido y ensombrecido por la fascinación de los reformistas y, en no pequeño grado, por su estrecha relación y vinculación científica con España; sus inéditos en el fondo latino de la Biblioteca Vaticana esperan ser estudiados para mejor conocimiento de interesantes variantes de la Vulgata y de los textos originales, griego y hebreo; a estos nombres es menester añadir los grandes gramáticos del renacimiento complutense y salmantino; algunos han quedado consignados en la correspondencia de Benito Arias Montano, conservada en el Museo Plantin-Moretus de Amberes 15. A lo largo del siglo XIX y, en el siglo XX, proliferaron numeras versiones bíblicas con la expansión misionera en América, África y Asia 16

La edición que presentamos, ante todo, tiene una finalidad misionera; al igual que las traducciones de la Escritura Santa acompañan la labor misionera de la Iglesia y suponen una continua interpretación y una renovada intelección de los textos, como es la versión Septuaginta, la de los Setenta de Alejandría, la exégesis protojudaica -como testimonian los textos de Qumrán -, la interpretación filosófica de Homero y Hesíodo - aplicada a las versiones bíblicas-, y la interpretación alegórica seguida por Filón y los alejandrinos.

La herencia judía encuentra acogida en Pablo - en las traducciones de pasos veterotestamentarios -, pues la Escritura primera - la Ley - ha sido escrita «para nosotros»; las promesas (Antiguo Testamento) encuentran cumplimiento en el Nuevo Testamento: el cumplimiento es la traducción visible y narrada de lo anunciado; el Antiguo Testamento es profecía de Cristo; en su persona se hace presente e historia plena el anuncio de la esperada venida del Mesías. La armonía entre los libros sagrados era una de las características de los traductores de las Escritura, y de la traducción que presentamos; es la regla de oro en san Ireneo, en la que se manifieste el interés por la letra para llegar al Espíritu - como denuncia Orígenes - y así poder defenderse de las desviaciones de sesgo gnóstico y marcionítico.

La continuidad de las más antiguas versiones de la Escritura al latín se encuentran en África - testimonio es la perdida Biblia afra - reflejo de traducciones hechas en los días de Tertuliano y en los Testimonia de Cipriano y que llega hasta los textos de san Agustín, entre otros escritos, en el De doctrina christiana - al que precede el donatista Ticonio - en los años en que en la filología comienza a distinguir la fides de la ratio y en el que se establecen unas reglas hermenéuticas para las versiones escriturísticas.

Es en el siglo IV cuando en las Iglesias del orbe crece la conciencia y la necesidad de traducciones de la Biblia: el hebreo es desconocido, Orígenes es excepción en los primeros siglos; ciertamente no podríamos decir lo que Cervantes, en el Quijote, escribe de los conocedores del hebreo: «Y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara» 17; Cervantes se refería a la lengua hebrea.

San Agustín apenas conoce el griego; el imperio del latín en Occidente impuso la urgencia y la necesidad de las traducciones bíblicas. No así en Oriente donde seguían los códices griegos y éstos traducidos en las nuevas lenguas de las laderas del mar Negro. Pero las versiones estaban al servicio de la comunidad católica, sobre todo en la liturgia 18 y en la teología. Según el texto recibido e interpretado así la celebración litúrgica y la tradición teológica, ya sea ortodoxa o heterodoxa.

La versión que hoy se presenta puede ayudar a la urgente revisión de las lecturas litúrgicas. De los muchos versículos que podíamos aducir cito sólo algunos ejemplos: Marcos 6, 34: los codd. griegos leen διδάσκειν αύτούς πολλά. La Vulgata: multa. La lectura litúrgica: «con calma»; Bover-O'Callaghan: «se puso a enseñarles largamente»; Nacar-Colunga: «largamente»; la versión de Navarra con la Biblia de Jerusalén, con la versión de la editorial San Pablo: «muchas cosas».

Lucas 3, 6 en griego escribe:  πάσα σάρξ τό σωτήριον τού θεού. Traduce la Vulgata: omnis caro. La lectura litúrgica lee: « todos verán la salvación de Dios»; Bover-O'Callaghan: «toda carne verá la salvación de Dios»; la edición de la Casa Biblia: «todos verán a Dios»; la Biblia de Jerusalén: «y todos verán la salvación de Dios»; Mateos-Schökel: «y vea todo mortal la salvación de Dios»; Biblia del peregrino: «todo mortal...»; Nacar-Colunga: «toda carne»; y la de Navarra: «y todo hombre verá la salvación de Dios». Y, por último, escojo un verso del Antiguo Testamento. El leccionario litúrgico lee Isaías 58, 10a: «y sacies el estómago del indigente»; en la Políglota Complutense el texto hebreo se conserva del siguiente modo: EYbVt XNEN VpNO  ("y el alma afligida llenes"); los Setenta traducen: καί ψυχήν τεταπεινωμένην έμπλήσης; la Vulgata: et animam adflictam repleveris. Las versiones españolas: Schokel y la Biblia para jóvenes: «y sacies el estómago del indigente»; la edición de la editorial San Pablo: «y sacies el apetito del oprimido»; la Biblia cultural y la Biblia didáctica: «y satisfaces al desfallecido»; Scio: «y llenares el alma afligida»; Nacar-Colunga: «y sacies el alma indigente»; La Biblia de Jerusalén: «y el alma afligida dejes saciada»; la versión de Navarra: «y sacias al alma afligida». Por los ejemplos citados se puede advertir que la versión de Navarra es especialmente fiel al texto recibido y se aproxima a las mejores traducciones españolas: Scio, Nacar-Colunga y la Biblia de Jerusalén.

La necesidad del texto sacro para el servicio divino, en Oriente y Occidente, y la presentación del mismo para la proclamación y contemplación reclama el cuidado del texto transmitido y traducido hasta tal punto que podemos desvelar detrás de cada liturgia cuál era la Biblia utilizada.

La importancia de las traducciones bíblicas se manifiesta de un modo singular en el campo dogmático; ésta supone una determinada exégesis y en última instancia una determinada traducción de la Palabra. De hecho las tradiciones teológicas corren paralelas a las tradiciones exegéticas acordes con el texto bíblico traducido. La obra que presentamos servirá de gran ayuda a los teólogos que quieran tener una referencia avalada con las grandes tradiciones de las versiones bíblicas.

Los Padres Apostólicos permiten descubrir qué texto leían en la liturgia y qué testimonia o texto bíblico acogían en la teología. A mediados del siglo II, al mismo tiempo que se hacen versiones al latín del texto griego19, se van definiendo tres grandes modos de entender, traducir e interpretar el texto bíblico:

1. La concepción gnóstica, representada en multitud de conventículos eclesiales, que buscaban acomodar sus traducciones a los presupuestos filosóficos o ideológico-religiosos imperantes en los primeros siglos cristianos, especialmente la formas platónicas y estoicas y, en no pocas ocasiones, esquemas filosófico­religiosos de procedencia oriental. La aportación de las versiones gnósticas ha tenido un peso decisivo en la estructuración de las liturgias; en la iniciación cristiana, en la predicación y, notoriamente, en la evolución exegético-dogmática de la primerísima teología.

2. Además de las traducciones de la corriente gnóstica, son dignas de citar las versiones, también heterodoxas, de los grupos marcioníticos que, de una manera aún más radical que los gnósticos, despreciaban el Antiguo Testamento y traducían el Nuevo a partir de sus presupuestos religiosos, salvando siempre el principio de la novedad absoluta del cristianismo. Hacer notar la novitas era el principio de las versiones escriturísticas. Traducían lo nuevo sin referencia a lo antiguo, el cristianismo sin profecía, el cumplimiento sin anuncio, la resurrección sin creación, el espíritu sin la carne. Si la influencia de gnósticos ha sido notable no lo ha sido menos la de Marción, cuya Biblia todavía está pendiente la ciencia de recuperarla. Mi maestro A. Orbe terminó sus días sin poder llevar a término tan hermosa empresa, iniciada ya por A. von Harnack. El surco abierto en el campo de las traducciones de la Biblia por los gnósticos y la secuela marcionitica fue tan fecunda que, por citar un solo ejemplo, las versiones latinas del siglo IV en Hispania resienten su influjo; tal es el caso de los Prólogos monarquianos y de las versiones priscilianistas en contraste con la versión Afra, Itala, Gala y Vulgata como se puede colegir de las investigaciones de H. Rönsch 20. Días vendrán que podamos recuperar la versión que Teófilo Ayuso denominó Biblia hispana y descifrar sus enigmas. La versión de Navarra es un notorio antídoto contra las tentaciones gnósticas y marcioníticas.

3. En contraste u oposición con la gnosis y Marción, los eclesiásticos son los más escrupulosos en la correcta traducción del texto sacro, a la letra y al espíritu. Sabían muy bien que la herejía tenía su origen en la falsa selección, versión e intelección de pasajes de la revelación divina, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Ésta es la razón por la que al filo de las traducciones se va fijando el canon de las Escrituras sagradas: los textos para la liturgia y la referencia inequívoca para la predicación y la teología dogmática.

Ya en tiempos de san Ignacio de Antioquía se nos advierte cuán decisivo es para la vida cristiana el traducir correctamente, a la luz de la encarnación, la Palabra de Dios. San Justino, al igual que san Ireneo, nos da noticia sobre las múltiples versiones de la Escritura y se hace eco de las tradiciones bíblicas de los presbíteros; rechazan muchas versiones existentes y tratan de fijar armónica y unitariamente la Ley y los textos de la Nueva Alianza. Patriarcas, profetas y apóstoles son leídos coherentemente según la interpretación entregada por el Señor a los suyos, no a partir de una filología que favorezca las tradiciones esótericas y secretas sino las que el Señor explicó abierta y públicamente a todos. Una traducción católica de la Palabra - la Biblia de la Magna Iglesia - conlleva la fidelidad a lo enseñado por el Maestro, por Jesucristo. O lo que es lo mismo, la traducción de la Escritura tiene su centro y punto de partida en la persona de Cristo, porque la Palabra de Dios es él. Con san Ireneo e Hipólito, entre los prenicenos, se logra la lectura, las versiones asiáticas que dan pie a la exégesis y teología asiata. En ella se atiende primordialmente a la letra, a la carne, a lo visible, a la historia, para dar cabida al espíritu, a lo invisible. Las lecturas, versiones, asiatas o asiáticas están muy atentas a la objetividad de la letra, de un modo muy especial a los libros de san Juan y del apóstol Pablo, y a descubrir detrás de la historia el misterio de la salvación. Caro - litera - cardo salutis, reza el axioma ireniano. La ciencia todavía tendrá que indagar las versiones de la Biblia que conocían los círculos asiáticos, en Oriente y Occidente, presentes en Hispania en los escritos de san Prudencio y Gregorio de Elvira, y que - según un Chronicon de Lyon - su recepción fue tan favorable que se llegó a creer que el Adversus haereses de san Ireneo fue traducido en Toledo, en torno al siglo IV, allí donde posteriormente en el siglo VIII todavía se sentían los ecos de estas versiones bíblicas en los medios adopcionistas, y que necesitan nuevo estudio - pido venia y comprensión al profesor Orlandis 21 de los textos del arzobispo toletano Elipando.

En la segunda mitad del siglo II y a lo largo del siglo III, es en la Alejandría cristiana y en la geografía palestinense cuando se acomete el mayor de los esfuerzos para llevar a cabo versiones bíblicas. Los alejandrinos recorrieron las Iglesias, lo mismo que los asiáticos, para hacer hallar y hacer acopio de textos y de versiones de la Escritura. La primera escuela de filólogos cristianos heredaban el método filoniano y el legado de los intérpretes clásicos; buen testigo de ello es Clemente de Alejandría. Pero el que sobresale es Orígenes, el más grande de los exegetas de todos los tiempos, autor de la magna empresa de las Hexapla y promotor de la elección de las mejores traducciones para fijar la tradición exegética alejandrina que, con mucho, ha sido la mejor y más ampliamente aceptada a lo largo de los siglos. En las Hexapla se hallan traducciones del siglo II y los probables nombres de los traductores: el hebreo, el sirio, el samaritano, José, Aquila, Simmaco y Teodoción.

No en vano el gran traductor latino de la Escritura, san Jerónimo, seguirá en todo al gran Orígenes. Los africanos, equidistantes entre asiáticos y alejandrinos, son los primeros artífices de las versiones de la Escritura al latín. Sus versiones dejarían sus huellas en las Galias de la antigüedad tardía y en los primeros círculos monásticos tanto continentales como insulares.

La investigación sobre la historia de la Biblia debe tener en cuenta una singular tradición, hasta ahora olvidada, que nos dejó traducciones bíblicas al latín que no coinciden ni con la tradición africana ni las tradiciones orientales. Me refiero a la tradición que denomino «tradición de la Pannonia», cuna del primer exegeta latino Victorino de Pettau y, posteriormente, de san Jerónimo y san Martín de Dumio. Este capítulo de traducciones bíblicas está esperando una mano generosa que le devuelva a su esplendor.

He querido hacer alguna indicación a propósito de los traductores de la Escritura. Ayer como hoy sigue siendo necesario tratar con mimo la traducción de los libros sagrados sin olvidar que han de ser traducidos con el mismo Espíritu con que fueron escritos22. Pienso que con esta traducción se ha conseguido. Felicitémonos y felicitemos a los que silenciosa y sosegadamente durante muchos días y muchas noches hicieron posible la culminación de esta hermosa y valiosa empresa, porque como reza el adagio medieval: gratior est fructus per multa pericula ductus, y al recibir el regalo de una traducción española de la Biblia fiel a los originales, acompañada del texto latino podemos decir, con palabras de Ovidio: gratius ex ipso fonte bibuntur aquae23.

Mons. Eugenio ROMERO POSE

Obispo Auxiliar de Madrid

MADRID


 

1. Cfr. A. LAGO, Eugenio d'Ors, anécdota y categoria, Marcial Pons, Madrid 2004, 185.

2. Cfr. S. LYONNET, «Elaboración de los capítulos IV y VI de la "Dei Verbum"», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, Sígueme, Salamanca 1990, 132-133.

3. Cfr. CONO. TRIDENTINUM, Sessio IV Decretum de vulgata editione Bibliorum et de modo interpretandos. Scripturam, DS 1506.

4. CONC. VATICANO II, Dei Verbum, n. 12.

5. Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 131.

6. Cfr. Sagrada Biblia: I. Pentateuco, EUNSA, Pamplona 1997, 7.

7. Cfr. CONC. VATICANO II, Dei Verbum, n. 22.

8. Cfr. ibid., n. 25.

9. Cfr. CROMAZIO DI AQUILEIA, Sermo I,1, en Corpus Scriptorum Ecclesiae Aquileiensis, Aquileia 2004, 51; cfr. H. SIMIAN-YOFRE, «Antiguo y nuevo testamento: participación y analogía», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II Balance y perspectivas, cit., 159 ss.

10. Cfr. M. GILBERT, «Expectativas e instancias en exégesis después del Vaticano II», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, cit., 221 s; U. VANNI, «Exé­gesis y actualización a la luz de la "Dei Verbum"», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, cit., 235 s.

11. Cfr. Z. ALSZEGHY, «El sentido de la fe y el desarrollo dogmático», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, cit., 105 s.

12. Cfr. S. LYONNET, «Elaboración...», cit. 133-134.

13. Cfr. S.I. CAMPOREALE, Lorenzo Valla. Umanesimo, Reforma e controriforma. Studi e Testi, Edizioni di Storia e Letteratura, Roma 2002.

14. Cfr. E. ROMERO y G. POSE, «Sirleto y la tradición manuscrita patrística», Compostellanum 40 (1995) 49-84.

15. Cfr. B. ARIAS MONTANO, Correspondencia conservada en el Museo Plantin-Moretus de Amberes, edición a cargo de A. DÁVILA PÉREZ, Palmyrenus, Alcañiz-Madrid 200217.

16. Cfr. J. SWETNAM, «La palabra de Dios y la teología pastoral en la Iglesia contemporánea», en R. LATOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, cit., 247 s

17. Cfr. M. DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha, I, IX

18 Cfr. G. MENESTRINA, Bibbia e letteratura cristiana antica, Morcelliana, Brescia, 1997.

19. Cfr. J. DANIÉLOU, Les origines du christianisme latiu, Cerf, París 1978.

20. Cfr. H. RÖNSCH, Itala und Vulgata, Marburg 1875 (reprod. anastática en G. Olms, Hildesheim-New York 1979).

21. Cfr. J. ORLANDIS, Historia del reino visigodo español Bialp, Madrid 2003.

22. Cfr. CONO. VATICANO II, Dei Verbum, n. 12; cfr. 1. DE LA POTTERIE, «La inter

pretación de la Sagrada Escritura con el mismo Espíritu con que fue escrita», en R. LA­TOURELLE (ed.), Vaticano II. Balance y perspectivas, cit., 159 s.

23. Cfr. OVIDIO, Pont., 3,5,18.